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25.02.2010

Location: 

Alvaro Alcazar Gallery, Madrid, Spain 

Dates

FEB 25 - MAR 20, 2010

El Centelleo de la Ruina.
La pintura de Simon Edmondson

La mirada al conjunto de pinturas presentado por el artista británico no puede dejar indiferente a nadie, dado que a la intensa fuerza plástica y a la calidad de sus obras hay que unir el leve pero profundo desconsuelo que causa el tratamiento que hace del especial universo representado. En éste la ruina, la tranquilidad que queda tras la tragedia, envuelve a los lienzos y asume un protagonismo central, sin que ello suponga hacer nunca ostentación de los elementos dramáticos, muy al contrario, toda la construcción plástica de las obras tiende a la delicadeza y la ambigüedad, alejándose de cualquier exhibicionismo tremendista.

Habitualmente la crítica sitúa al pintor –formado en Londres y Nueva York y que actualmente vive en Madrid– en las coordenadas de la figuración británica que germina en los años de posguerra, pero la contemplación de los cuadros de Edmondson producen la sensación de que el pintor nos sitúa en el final de una tradición de la representación del espacio. Parece que llegamos al fin de un camino que consistía en la captación realista de toda la plenitud y Edmondson, desde posicionamientos figurativos, pretende una nueva vuelta de tuerca, llevando al límite la representación de la imagen cuya preocupación lumínica y táctil a la vez, con una captación atmosférica que puede hacer pensar en su pasión por pintores como Velázquez combinada con un luminismo que hace que nos salgan al paso nombres como Caspar David Friedrich, J.M.W. Turner y tras este Claude Le Lorrain. Pero con estas bases de enorme sutileza el pintor lo que nos muestra es un retrato nunca complaciente de nuestra contemporaneidad, con un hombre –en su ausencia y en su presencia– perdido en su intensa soledad, anónimo como un personaje de James Joyce o de Robert Musil con una soledad que refuerza la espacialidad de las pinturas. Al mismo tiempo, los cuadros de Edmondson como los poemas de Eliot –con quien creo que comparte entre otras muchas cosas una voluntad de perfección absoluta–, son obras poliédricas y plurisignificativas que nacen de una profunda reflexión intelectual y emocional. Creo que muy conscientemente, el pintor parece posicionarse con su obra contra cierto vacío de mucho del arte actual, de una manera semejante al T.S. Eliot de The Waste Land (La tierra baldía) que tenía como base de todo su poemario la esterilidad y decadencia espiritual del mundo moderno. 

Las pinturas de Simon Edmondson tienen mucho también de escenografías: espacios desolados como los del "Battlefield with Bells" (2008-9) o "Le Balcon" (2009), o de una teatralidad romántica como "Melena" (2009) o "Magician" (2010). En conjunto configuran una construcción visual que, sin referencias, ni metafísicas ni filosóficas directas, hace densa y palpable la condición dolorosa del hombre; todos podemos morar en la vigilia de estos cuartos en los que germina el centellear de la ruina. Es necesario recordar que, obviamente, el pintor no persigue el exceso, sino que tiende a la delicadeza que todo el tratamiento formal de las obras delata, porque en primer lugar de lo que se trata es de realizar pinturas con máximo nivel de calidad, y en este aspecto el pintor tiene una voluntad inalterable de perfección.

Por otra parte, la suya es una pintura más discursiva que simbolista, quiere poner orden en el pensamiento, pero sobre todo lo que pretende es resolver problemas plásticos. El pintor conduce al espectador con calculada estrategia por una espacialidad ambigua que tiene en ocasión la evocación romántica en la soledad y la ruina, que obliga al espectador a la reflexión. Una reflexión en la que percibimos que algo siempre se nos escapa y acaba por fundamentar la soledad del ser humano: nuestra soledad como espectadores.

Diálogos e imágenes

Es evidente que la investigación plástica de Simon Edmondson se hace en diálogo con la tradición, –una tradición que es muy literaria, sin dejar de ser también bien pictórica, como sucede con mucho arte británico– escogiendo de ella elementos significativos, perseguidos de modo obsesivo, y llenos de una intensa fuerza plástica. Edmondson se sirve de elementos de gran aliento expresivo –poéticos, teatrales y pictóricos– para forzar la rosca, para excavar todo el pasado artístico, pero con plena consciencia de que lo que desea es seguir formando parte de él.

En la exposición podemos asistir a la elaboración de una buena dosis de estas obsesiones, sirviéndose de variaciones y estudios sobre el mismo tema para ahondar en cada idea concreta. El artista consigue de esta manera una pintura de contenida perfección, tan interesada en transmitir la memoria de la desolación como comprometida con la investigación sobre el color y la percepción visual, experimentando con la luz y los reflejos. El resultado es una obra que nos transporta a sensaciones y emociones intensas, en las que por encima de todo lo que triunfa es el centelleo de la pintura.

Carlos L. Bernárdez.

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